Es la primera vez que me pregunto ¿qué hago acá? Definitivamente debí haberme quedado en el hotel con esta horrible intoxicación. La lógica indicaba permanecer a metros del baño en vez de estar a metros de la línea de largada. Apenas faltan minutos para la medianoche donde una veintena de apasionados por la aventura correrán casi cien kilómetros de ida y vuelta a la cima de un enorme estratovolcán aún activo llamado Mount Baker. Este tiene cierta semejanza con nuestro Lanín en la Patagonia, también rodeado de glaciares que habrá que atravesar para llegar hasta la cima. De momento, eso es solo una lejana ilusión, ya que me encuentro tirado dentro del auto sin fuerzas para levantarme. Era inútil seguir culpándome por haber sucumbido a probar ese salmón en mal estado durante el almuerzo.
Con el largo día boreal de esta latitud ya llegando a su fin, me subí al auto y conduje los 180 kilómetros hasta ese pueblito en pleno corazón de las North Cascades, en el estado de Washington. Con más dudas que certezas, albergaba cierta esperanza de que las náuseas y el malestar general que sentía disminuyeran lo suficiente para intentar largar la carrera. Una vez en el campamento base, me quedé un buen rato dentro del auto tratando de dormitar mientras escuchaba el bullicio de los preparativos.

La Historia

Según indica la historia, el maratón del Monte Baker como fue llamado, fue ideado en el año 1909 por un grupo de alpinistas y hombres de negocios del principal pueblo de la zona llamado Bellingham (casualmente aquí corrí un 50K en el 2015). Este grupo de aventureros y empresarios formaron el llamado Club del Monte Baker y organizaron la primera edición de este evento en 1911. El objetivo se trataba de atraer la atención de la prensa y la prosperidad que en ese entonces era acaparada por la creciente ciudad de Seattle. El anuncio en los periódicos, sin dudas captaba la atención; «La primera carrera de aventuras en las montañas de América». Con un premio pautado en cien dólares en monedas de oro, otorgado al primer corredor que pudiera subir y bajar a este pico volcánico y glacial de 3.286 metros, cuya última erupción registrada data del año 1880. Atrajeron a catorce concursantes que consistían en luchadores, lecheros, leñadores, granjeros y mineros. Como condimento adicional de la audaz aventura, los corredores partían de la calle principal del pueblo, se subían a un tren a vapor o bien a los recientemente inventados automóviles que, con el fin de promocionarse, competirían contra el ya establecido tren. Ambos transportes los trasladaban hasta las cercanías del volcán, y de ahí se lanzaban a correr ida y vuelta hasta la cima Estos «atletas» aficionados no tenían ni idea de a qué se habían apuntado. Y aunque puede que el dinero del premio les atrajera, fue su sentido de la aventura y su espíritu pionero lo que les permitió sobrevivir sin ningún tipo de equipo técnico ni medidas de seguridad. La primera edición fue un rotundo éxito digno de película. En el tramo de regreso, solo dos competidores quedaron en pie. Uno de ellos venía en tren y el otro en auto. El tren se descarriló al impactar contra un animal atravesado en la vía, pero sus ocupantes salieron ilesos. El corredor se subió a un caballo que algún lugareño le prestó, y cabalgó hasta el pueblo más cercano, en donde alguien lo subió a un automóvil. El otro corredor alcanzó a llegar apenas minutos antes y lo declararon ganador. Si bien se generó cierta controversia debido al azaroso y encomiable esfuerzo de su rival, la contienda quedó abierta para definirse en la siguiente edición. El evento se llevó a cabo durante tres años, desde 1911 a 1913. Después de varios accidentes casi trágicos y de que algunos la llamaran «una carrera de caballos humanos», terminó abruptamente. Pese a que hubo un nuevo intento por revivirla, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, cayó en el olvido por algo más de un siglo.
En el año 2017, un grupo de corredores de ultra trail y amantes de la naturaleza, tomaron la idea original y con ciertos cambios (sin trenes a vapor ni autos antiguos) organizaron la original carrera completamente a pie, cubriendo más de cincuenta millas desde el pueblo de Concrete hasta la cima del pico Sherman (uno de los picos subsidiarios del Baker) y vuelta al pueblo.

Una decisión difícil

Finalmente, faltando solo quince minutos para la largada, decidí salir del auto y dirigirme hacia la línea de partida. Mi cuerpo estaba frío y pesado, cada paso parecía un desafío. No había margen para calentar, y el frío de la noche se colaba por cada poro de mi ropa. El resto de los corredores ya estaba listo y esperando. Algunos conversaban animadamente, otros se concentraban en silencio, y yo me preguntaba si realmente sería capaz de siquiera empezar la carrera.
El ambiente en la línea de largada era un contraste absoluto con mi estado físico. La energía de los demás corredores era contagiosa y, a pesar de mi malestar, comencé a sentir una leve mejora en mi ánimo. El sonido del disparo de salida marcó el inicio de esta épica aventura y, sin pensarlo demasiado, me dejé llevar por el grupo.

La noche y el volcán

El primer tramo de la carrera fue una larga y sinuosa subida por un sendero de tierra. Mis pasos eran torpes, y cada tanto una arcada me hacía detenerme por unos segundos. El frío nocturno me ayudaba a mantenerme despierto, y la oscuridad era rota únicamente por las luces frontales de los corredores que parecían luciérnagas en la distancia.
Conforme avanzaba la noche, el grupo comenzó a dispersarse y me encontré corriendo solo en algunos tramos. Aproveché esos momentos para tratar de conectar con mi cuerpo y evaluar si debía continuar o retirarme. La molestia estomacal persistía, pero de alguna manera logré mantener un ritmo constante, aunque lento.

El amanecer en el glaciar

La primera luz del día comenzó a asomar en el horizonte cuando alcanzamos las primeras lenguas del glaciar. La vista era impresionante: un manto blanco y azul que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, con el imponente Mount Baker como telón de fondo. Este espectáculo natural me dio un segundo aire y, aunque el malestar no había desaparecido del todo, me sentí revitalizado por la belleza del entorno.
El cruce del glaciar fue lento y extenuante. La superficie irregular y resbaladiza requería máxima concentración y un esfuerzo físico considerable. Cada paso sobre el hielo era una pequeña victoria, y aunque mi avance era lento, la determinación de llegar a la cima seguía intacta.
Para descubrir que sucedió el resto de la carrera y si pude completarla, te invito a seguir leyendo mi libro "Sueños Verticales

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