La idea sonaba ridícula y brillante al mismo tiempo: subir el Monte Tronador y descenderlo esquiando. Pero había un detalle: era diciembre. En la Patagonia, el verano ya había secado las laderas y las pistas de esquí eran solo un recuerdo de tierra y piedras.
Sin embargo, allá arriba, en los glaciares eternos del Tronador, el invierno nunca se va del todo.
Caminamos por el valle de Pampa Linda cargando las tablas en la mochila, pareciendo astronautas perdidos en un bosque de lengas. Los turistas nos miraban con extrañeza. ¿Esquíes? ¿Con este calor? No sabían que íbamos en busca del único rincón donde la nieve todavía mandaba.
El ascenso en la oscuridad
Salimos del Refugio Otto Meiling antes de que el día tuviera nombre. El hielo crujía bajo las pieles de foca (las bandas que se pegan a los esquíes para poder subir). El ritmo era hipnótico: deslizar, clavar, avanzar.
A medida que la pendiente se inclinaba, la montaña nos obligó a cambiar el juego. Guardamos las tablas, nos calzamos los crampones y sacamos las piquetas. El ataque a la cumbre del Pico Argentino fue puro alpinismo: grietas azules que parecían no tener fondo, puentes de nieve dudosos y una arista final donde el viento te recuerda lo pequeño que sos.
Llegamos a la cima con el corazón en la garganta y una vista que pagaba cada gota de sudor: un océano de cumbres andinas bajo un cielo azul eléctrico.
La bajada prohibida
Pero la verdadera aventura empezaba ahora.
Volvimos al punto donde habíamos dejado los esquíes clavados en la nieve como estandartes. El ritual de calzarse las botas rígidas y ajustar las fijaciones tuvo la solemnidad de una ceremonia. Frente a nosotros, el glaciar se abría como un plano inclinado hacia la libertad absoluta.
No había pistas pisadas. No había medios de elevación. No había nadie más.
Nos lanzamos. La nieve, transformada por el sol en una "crema" perfecta de primavera, se dejaba tallar con suavidad. La velocidad nos arrancaba lágrimas secas. El viento golpeaba la cara. Esquiar entre grietas y seracs, dibujando líneas efímeras en una montaña salvaje, te da una sensación primitiva: es lo más parecido a volar sin despegar los pies del suelo.
En este capítulo te cuento por qué esa bajada valió más que toda una temporada de esquí convencional. Una historia sobre buscar el invierno cuando todos persiguen el sol y sobre cómo la montaña premia a los que se animan a salir del camino marcado.
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Refugio Otto Meiling