Los números del Tor des Géants imponen respeto: 330 kilómetros, 24.000 metros de desnivel positivo, 150 horas límite. Pero las cifras solo cuentan una parte de la historia.
La verdad se vive ahí adentro, cuando pasás una semana entera durmiendo apenas una hora al día y moviéndote las otras veintitrés, entrando en ese estado primitivo en el que la vida se reduce a poner un pie delante del otro.
Regresé al Valle de Aosta con un objetivo claro y una estrategia pulida al detalle. Pero en el Tor, los planes duran lo que tarda en colarse la primera dificultad. Y esta vez, el enemigo no fue una lesión, ni el clima, ni el estómago.
Fue el sueño.
A partir de la segunda noche, la privación de sueño dejó de ser una molestia para convertirse en una tortura física. Los párpados pesaban toneladas. La realidad empezó a perder consistencia. En los tramos largos y oscuros entre refugios, los árboles se transformaban en figuras que me observaban, las piedras tenían rostros y el sendero parecía moverse bajo mis pies como una cinta transportadora fallida.
Luchaba contra una gravedad nueva, una que no tiraba hacia abajo, sino hacia adentro, hacia la inconsciencia. Caminaba dando cabezazos, despertándome sobresaltado a centímetros del precipicio, con el corazón galopando por el susto para volver a caer en el letargo segundos después.
Probé de todo: gritar, cantar, mojarme la cara con agua helada de los arroyos. Nada funcionaba por mucho tiempo. El “monstruo del sueño” estaba sentado sobre mis hombros, susurrándome que me tirara al costado del camino, que cerrara los ojos solo un minuto.
Sabía que si cedía, el objetivo por el que había viajado miles de kilómetros se esfumaría. Pero el cuerpo tiene límites que la voluntad no siempre puede negociar. Estaba solo en la oscuridad, peleando contra mis propios fantasmas, y la carrera recién estaba mostrando sus dientes.

¿Es posible seguir avanzando cuando la mente ya se rindió?

En Sueños +Verticales, te llevo al corazón de estas noches interminables en los Alpes. Es un relato sobre lo que sucede cuando el guion se rompe y tenemos que improvisar con lo que queda de nosotros mismos.
Porque la verdadera fuerza no es rígida, sino flexible. Y a veces, la única forma de mantenerse en el juego es aceptar que el plan A ya no existe.

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