El alpinismo es una actividad que exige una profunda pasión,
una sed de aventuras y una insaciable curiosidad por descubrir lo desconocido.
Lionel Terray
Hace menos de tres siglos, subir al Mont Blanc era considerado un acto de locura. Las cumbres eran territorios de dioses, lugares prohibidos que se observaban con temor desde el valle.
Hoy, miles de corredores nos paramos en la línea de largada de Chamonix con una idea que sigue pareciendo absurda: dar la vuelta completa al macizo, atravesando tres países (Francia, Italia y Suiza), en una sola tirada y en menos de 46 horas.
Cuando sonó la música de Vangelis —ese himno "1492: La Conquista del Paraíso" que eriza la piel de cualquiera que haya estado allí—, supe que ya no había vuelta atrás. La multitud, la euforia y las luces de Chamonix quedaron atrás. Delante, solo quedaba la noche, el frío y 170 kilómetros de incertidumbre.
La verdadera prueba en UTMB no son las piernas, es la mente. Cuando cae el sol y la fila de frontales se estira como una serpiente de luz hacia los grandes pasos de montaña —el Col du Bonhomme, el Col de la Seigne—, el mundo se reduce a unos pocos metros de sendero iluminado.
El viento se vuelve cortante. La temperatura cae. El sueño acecha. En esos momentos de oscuridad absoluta, uno deja de negociar con el cansancio y empieza a convivir con él.
Recuerdo el amanecer en el Lac Combal, ya en territorio italiano, viendo cómo el sol arrancaba las sombras del valle y revelaba la silueta dramática del Monte Bianco. Una belleza tan brutal que te hace olvidar, por un segundo, que llevas el cuerpo al límite.
Cruzar de Francia a Italia, de Italia a Suiza y volver a Francia. En la montaña, las fronteras no existen. No hay líneas en el suelo, solo hay subidas interminables como el Grand Col Ferret y bajadas técnicas que castigan los cuádriceps.
En el refugio de Champex-Lac, o en la soledad de la segunda noche subiendo hacia La Flégère, entendí que no estaba corriendo para ganar una medalla. Estaba corriendo para responder a una pregunta antigua: ¿Quiénes somos cuando nos vaciamos de excusas?
UTMB te despoja de todo. Te deja vulnerable. Te muestra tu fragilidad y, al mismo tiempo, una fuerza que no sabías que tenías.
Este capítulo es un viaje al corazón de la carrera más deseada del mundo. Pero no es una crónica deportiva de tiempos y parciales. Es el relato de cómo una montaña indiferente puede convertirse en el espejo más honesto de nuestra propia vida.
Porque al final, no damos la vuelta al Mont Blanc para conquistarlo. Lo hacemos para volver al punto de partida siendo un poco diferentes. Más livianos. Más humanos.
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